miércoles, 7 de mayo de 2008

Papá, cuéntame otra vez...

A muchos que no hemos vivido en la dictadura nos suena, más o menos de lejos, lo de los grises, la represión, el hippismo, el comunismo y la libertad sin ira. Sin embargo ahora se vuelve a poner de moda el espíritu del mayo del 68, sobre todo porque quienes critican este movimiento estudiantil se dedican a airear sus argumentos por escrito y a decir que "Nuestros progres siguen anhelando la comuna".



Me hace gracia esta afirmación porque ¿no son ellos los que anhelan tiempos pasados? Se atreven a quejarse de que los estudiantes rebeldes de comuna y kibutz (RAE: En Israel, colonia agrícola de producción y consumo comunitarios) cuando el giro a la diestra del Padre es más que evidente en buena parte de Europa. Aunque, claro, según ellos no somos Europa, sino el norte de África.

Una región en la que, mire usted por donde, los estudiantes ya se ríen de los títulos universitarios en particular y de los superiores en general. ¿Quién necesita cinco años de hincar codos cuando con una FP (que así se llamaba en mis tiempos) sales más que colocado antes de haber sido ni graduado en lo tuyo? Sobran universitarios, dirán algunos. Pues a ver si nos aclaramos, porque según las últimas informaciones, faltan profesionales de las nuevas tecnologías. Casi 30.000, para ser exactos. Una cifra que, por lo visto, no se genera en este nuestro país con todas sus universidades juntas. Estamos, por lo tanto, ante una paradoja difícil de entender, al menos para una mente de letras como la mía.

Claro que, si tenemos en cuenta lo antes dicho del pasotismo ante los estudios superiores, no me extraña el dato. Aunque el tema universitario ya no se mide solamente en números. La calidad, por lo visto, deja mucho que desear. Y no me extraña. A lo mejor no hace falta liarse canutos, cantar a lo Raimon y pedir lo imposible. Pero sí que es urgente una transformación de ese entorno que, para los románticos, es foco de progreso, pensamiento, debate, investigación.

Sinceramente, no tuve casi nada de eso dentro de los muros del antiguo edificio que albergó mis felices años de universitaria. Sin embargo, tuve la enorme suerte de encontrar a personas que fomentaron todo eso y más en lugares emblemáticos, como el Merendero (sí, con mayúsculas, aunque no sea nombre propio), el posterior Café Olé, el Piso de Estudiantes o los Pasillos. Ahí sí que me topé con mentes preclaras (a pesar de la juventud) que me ayudaron a entender el mundo en general y el periodismo en particular. Puede, con la miopía de los pocos años, que en ese momento preciso no apreciase lo que tenía delante. Pero ahora, a la vuelta del tiempo, con la vida adulta llamando a la puerta, soy más consciente que nunca de mi privilegio.

No fui revolucinaria. No estuve en sindicato estudiantil alguno. No grité consignas. Fui más bien paradita en temas reivindicativos. Me salté pocas clases. Pero aprendí que si quieres cambiar las cosas, tienes que esforzarte. Una palabra que muchos desconocen y ahí es donde está la verdadera revolución. Me vuelvo viejuna en algunos temas, ya he dicho que el futuro llama a mi puerta. Pero no dejo de pensar en que la educación no formal, como se llama en los ámbitos académicos, es el complemento perfecto a la retahíla de memorieta. Si no, ¿con qué sentido íbamos a perder tantos años pudiendo dar un braguetazo y darnos la "gran vida"?

En estos casos, siempre recurro a una frase que, aunque no tenga nada que ver con la historia, me ayuda a desahogarme: La transparencia, dios, la transparencia.